26 abr. 2008

De prisiones con paredes de cristal

Cómo me maravilla la sociedad de las telecomunicaciones y las curiosas regresiones video-temporales que ésta permite.

Ayer por la tarde, Youtube mediante, tuve la oportunidad de ver un gran mediometraje de la historia del cine español, que hacía tiempo que deseaba ver: “La cabina” protagonizada por un José Luís López Vázquez en la plenitud de su carrera como actor.


Para aquellos que no lo conozcan “La cabina” fue un film retransmitido por vez primera, en TVE, allá por 1972. En ella, López Vázquez interpreta a un hombre cualquiera que, fortuitamente, queda encerrado de forma perpetua en una cabina telefónica. Dentro de aquella cabina, el protagonista ha de soportar las miradas que se vierten sobre él en forma de burla, asombro, agresividad…


Los viandantes que se percatan de la extraña situación de este hombre, pretenden franquear el espacio que ocupa el protagonista y libertarlo, traerlo de vuelta al mundo de los hombres y mujeres “libres”. Sin embargo el protagonista termina sus días en los confines del olvido colectivo, rodeado por los cadáveres de otros tantos hombres que quedaron encerrados, al igual que él, en una cabina telefónica.


He de decir que quedé perplejo ante tanto contenido en un metraje tan breve. Viendo “La cabina” ví a un hombre que ve (valgan todas estas redundancias) el mundo desde otra perspectiva: inmerso en su cautiverio cabinesco se percata de su falta de albedrío. Esto, en principio, le molesta. Más tarde le atemoriza. Finalmente le conduce hasta una muerte sin pena ni gloria.


Lo que yo extraje entre líneas de estos fotogramas es la historia de un hombre preso que, pese a no poder ser escuchado por el resto de ciudadanos, transmite a los demás su situación. Ellos no entienden lo que hay tras esa surrealista falta de libertad, y como consecuencia se burlan de él, lo observan con incredulidad e incluso le increpan a abandonar una prisión, que ellos creen sin sentido, pero de la que es imposible liberarse.


Esas personas que lo observan como a un bicho raro, por contra, para nada son libres. Al igual que el protagonista ellos andan encerrados en “cabinas”, cabinas de paredes invisibles, forjadas a base de ideologías, creencias, estilos de vida… Hombres y mujeres que no son conscientes de que transitan a lo largo de caminos trazados con tiza en el suelo, sin mirar a los lados, sin salirse de la senda. Hombres y mujeres que, ante alguien que se ha percatado de esta temerosa realidad, reaccionan ridiculizándolo y exclamando frases como la siguiente (cito textualmente de la película): “Vaya hombre, se ha quedao encerrao, ¡qué cosa más tonta!”.


Ahí tienen la locura quijotesca personalizada: Donde hay gigantes, hay gigantes, aunque todos quieran ver molinos. Es la voz que clama en el desierto: escuchamos sus ecos lejanos y preferimos ignorarlos. “La cabina” es una metáfora de las tradiciones, los conformismos, la rutina, todo aquello que nos mueve por inercia pero a lo que nos aferramos enérgicamente, para no sentirnos desorientados. Es un vistazo hacia el suelo, hacia la línea de tiza y la posibilidad de borrarla con el pie… y dar un paso en otra dirección.

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