19 may. 2008

Jacobo

Jacobo es un niño del siglo XXI. Él no es feliz, ni infeliz, tan sólo (sobre)vive a través de los años que le regaló la Naturaleza.

Desde su más pronta infancia, Jacobo tuvo varios educadores (sus padres, profesores, familiares…) aunque tan sólo mantuvo la confianza en uno de ellos, hasta su adolescencia: la televisión.

La televisión nunca le regaña, la televisión le muestra mundos fantásticos, historias inexplicables, no le aporta únicamente palabras como el resto de la gente.

La televisión le divierte, la televisión le muestra qué es correcto y qué no, la televisión le quiere (la publicidad se encarga de recordárselo a menudo, con sus “tú lo vales”, “i’m loving it” y demás palabrería barata).

Sus padres también quieren a Jacobo, pero sacar adelante a una familia es una ardua tarea y el tiempo que deja sin ocupar una agotadora jornada de trabajo, prefieren emplearlo en reunirse en torno al sofá para ver la televisión (de ese modo, asisten religiosamente a esos espectáculos televisivos en los que la gente lucha por no ser excluida de un grupo, por no destacar, porque es preferible la mediocridad a la exclusión y eso lo saben Jacobo, sus padres y lo sabe todo el mundo).

Los padres de Jacobo también sienten que la televisión les ofrece su afecto: Porque la televisión no tiene la voz irritante e intransigente de un jefe, la televisión no discute contigo cuando la nómina no es suficiente…. Si la televisión se vuelve triste y gris, sólo es preciso tirar de esa nómina precaria para comprar otra televisión: Así de simple.

Por otro lado, Jacobo no entiende de problemas de adultos. Él pasa las horas muertas, inmerso en sus videojuegos: Con ellos “salva” sus interminables vidas, pulsando botones. Triángulo, salta, cuadrado, agáchate… se mueve por estímulos, como los insectos.

En los tiempos de Jacobo nadie considera que este entretenimiento esté fuera de lugar: según los expertos agiliza la mente y la calle ya no es segura para un niño como Jacobo.
El niño suele escuchar cómo su abuelo enseñó a su padre a construir una escopeta de juguete con tan sólo una tabla, una goma elástica y una destripada pinza de tender ropa… lo terrible de esto es que no siente curiosidad alguna.

Con algo más de edad, el niño (ya no tan niño) va forjando su carácter con las enseñanzas de su querida progenitora televisión. Gracias a ella aprende que la competitividad no es más que un sucio juego en el que se permite pisar al adversario. Aprende del amor lo que emanan las películas romanticonas con final feliz. Aprende que el sexo debe ser tal y como lo exponen… otro tipo de películas. No es de extrañar que ya en el instituto adquiera dotes de director de cine con un móvil en una mano y el rostro sangrante del pardillo de clase en la otra. Sus mejores obras pueden verse en Youtube, aunque no son aptas para todos los públicos.

Jacobo tontea con las sustancias prohíbidas por la sociedad. Mamá televisión le muestra sus virtudes al mismo tiempo que sus inconvenientes. Lo mismo sucede con las enfermedades de Venus, o con los combinados de alcohol y neumático. La adrenalina es su único sustento en una difícil etapa de su vida.

Unos añitos más tarde Jacobo se siente capacitado y decide aportar su granito de arena en la educación de varias generaciones de niños: es productor ejecutivo de televisión. En lo personal, Jacobo es carne de psicólogo desde hace años, un par de horas a la semana. ¿La culpa? Supongo que la tendrá… la madre que lo educó.


1 opiniones:

Antonio Rentero dijo...

Brillante.

Triste, lamentable y espeluznantemente brillante.