7 sept. 2008

Miedo y asco... en el Foster's Hollywood (2)





----------------------


Es curioso, siempre me había considerado un amante de lo picante, pero debo de ser no más que un vulgar aficionado amateur... mi boca se asemeja a la entrada del Averno (que todo alimento que entre en ella deje fuera toda esperanza).

Con el primer bocado resbalaron las primeras gotas de sudor por mi frente, surgiendo de mi boca una sonrisa idiota (supongo que sería un efecto secundario del necesario trasvase de sangre del cerebro al estómago).
Tras el segundo bocado caí en la cuenta de que, tal vez no pudiera volver a saborear nada... nunca más.

Tras dar el tercer bocado, los ingredientes del burrito juancho anestesiaron mi cavidad bucal y, simplemente, dejé de sentir el paladar.

Mi pareja se esmeraba en ingerir aquella rebanada de pan de molde con mayonesa (y atún), manejándola con maestría, evitando lo inevitable, cuando vimos aparecer a nuestro camarero, el ansioso.

Venía... no, mejor dicho, corría hacia nosotros portando un cuenco de gran tamaño... ¡Dios mío! ¡Estábamos salvados! Habíamos pedido una ensalada de la que me había olvidado por completo...

En mi mente, las jugosas rodajas de tomate y las crujientes hojas de lechuga, acudían en mi ayuda, intercediendo para que el resto de los alimentos resultaran digeribles.

Felicité mentalmente al camarero: ¡Genial, tío! ¡Eres un santo! ¿Qué digo un santo? ¡¡¡Eres el ángel salvador!!!... Nada más lejos de la realidad.

El cuenco de la ensalada cayó en la mesa como una maldición gitana: En el interior de ese cuenco había tiras y más tiras de beicon frito. Debajo del beicon, cuatro pequeñas hojas de lechuga, bajo las hojas... cuatro mitades de tomate cherry... Yo se a ciencia cierta, que el tipo que inventó la dieta mediterránea debía de estar removiéndose en su tumba.

Caí en un serio estado depresivo. Sólo había algo que pudiera mejorar esta situación:

-¿Ob avob, he drae una derveza?

-¿Perdón?

-Creo que quiere que le traigas otra cerveza, mi pareja me hizo las veces de traductora.

-Claro. Y nos dio la espalda sin despegar los ojos de su PDA.

Mi compañera sonrió e inquirió susurrando con cierta sorna:

-...¿Tanto pica?

-Hi...

Llegó el segundo tanque helado de cerveza y con su ayuda y con los restos de una ensalada con medio kilo menos de beicon pude acabar con aquel producto tan típicamente mejicano.

Lo más prudente, llegado este momento, sería no realizar movimientos bruscos y permanecer algún tiempo en reposo para evitar que la bomba de relojería que llevaba dentro no acabara conmigo en una mala digestión.

Me apetecía un cigarro, pero claro, eso estaba mal... Hacerme un hara-kiri digestivo no, pero fumar sí...

El número de zombies de la puerta ya había descendido. La mayoría de ellos no despegaban sus ojos sanguinolentos y desquiciados de la auténtica comida americana. Fantaseé con un engranaje, un método circular de obtención/servicio de carne: los zombies que fueran al servicio serían sacrificados por camareros asesinos sin escrúpulos que emplearían sus restos para que no se parara la máquina, para seguir dando de comer a más muertos vivientes. Estaba claro. Debía evitar ir al baño por todos los medios.

Removía mi café cortado con leche, entretenido por estos pensamientos. El camarero estresado que llevaba nuestra mesa había venido a excusarse por una confusión de mesas y platos que me había llevado a tomar un burrito con extra de salsa de chili picante. Desde luego que esta comida te embrutece, floreció en mí un irrefrenable instinto homicida.

Mi compañera, conociendo de sobre mi carácter había silabeado:

-De-ja e-se cu-chi-llo en la me-sa...

Ahora me encontraba bien. Medianamente bien. Aunque aún luchaba por reprimir el asco y las nauseas.

De repente, noté la presencia de un par de zombies tras de mí. Noté sus respiraciones. La acción a ejecutar sería simple: agarraría bien fuerte ese cuchillo, me giraría en un rápido movimiento y...

-Holaaa...

Espera. ¿Mi chica conoce a los zombies? Me giro.

-Hola, ¿qué tal? ¿qué haceis vosotros por aquí?, dijo el zombie macho.

-Nada, me habían hablado tan bien de este sitio que hemos querido venir a probar... , dijo mi compañera refiriéndose a la zombie hembra. Aparentemente eran amigas.

El zombie macho examinó los escasos restos de nuestros platos y exclamó:

-vaya, un new york open sandwich... ¡ y un burrito juancho!, yo ya los aborrecí hace tiempo...

-¿Conoces estos platos? , exclamé sorprendido ante la proeza de reconocer una comida por sus restos.

-Sí, claro, hemos probado toda la carta, dijo mirándo cariñosamente a la hembra.

Me quedé helado. Los zombies se despidieron con la falsa promesa de invitarnos alguna vez a probar otras de las exquisiteces de la carta. Yo pensé en otros lugares mejores para palmarla que la mesa de un restaurante de auténtica comida americana. Mi compañera era de mi opinión.

Esa fue la razón que nos llevó a hacernos con un test de satisfacción del cliente y a dejar la advertencia futura en el servilletero a modo de mensaje en una botella, para cualquier pobre desgraciado que no desee engrosar la lista de espera de algún endocrino.

Salimos de aquel local con las venas congestionadas y algo ebrios por la cerveza. Mi aliento podía acabar con legiones enteras. Nos prometimos no volver a bromear nunca más con la comida. Aquella noche cenamos en un kebab.


0 opiniones: