31 oct. 2008

Jalogüín (relato)


Era Halloween...
La noche en la que las brujas le pierden el respeto a la luna y sacrifican a todo tipo de seres mitológicos, con los que han estado fornicando durante los preparativos de los aquelarres.
La noche en la que los lobos toman la forma de hombres barrigudos, con abundante pelo por todo su cuerpo, a excepción de la pronunciada alopecia que corona sus cabezas. Luego, esos hombres-lobo son quienes, por una noche, trabajan como porteros de discoteca.

Aquella noche yo era un diablo común que no iba en busca de amor. Más bien iba en busca de licores que me calentaran el alma. Gasolina para el cuerpo y el cerebro.
Ahí podíais verme bajar la calle a toda prisa.
Ése, el chaval del patético disfraz amarillo, negro y rojo. El que llevaba pintados un bigote y una perilla porque aún era lo suficientemente imberbe como para no usar los propios. Ése era yo.

¡Lo que son las nuevas costumbres! Uno no está acostumbrado a andar con chaleco y capa por la calle, por eso dudo de la percha con la que yo hacía gala de semejante indumentaria, pero...

¡Esta capa debería ondear con más fuerza, ostia! ¡Esto debería parecerse más a soy el sobrino de Satán, temblad, cojones que a soy el doble del Batman de los 60!

Como ya he dicho, yo bajaba a toda prisa a refugiarme en algún garito debido a una serie de razones:

Primero: Me sentí ridículo así vestido. Era la auténtica definición de fantoche según la RAE (no lo digo por decir, lo consulté con el diccionario antes de salir de casa).

Segundo: El alcohol tenía la capacidad de transfigurar la realidad, lo cual era perfecto para mí. Sólo debía encontrar un sitio donde más gente vestida de fantoche desfigurara su realidad para no ver el absurdo en el vecino. Y por supuesto, yo haría lo propio.

Tercero: Yo era el demonio ¿no se habían dado cuenta? Tenía demasiado trabajo aquella noche. Demasiadas almas que conocer. Demasiadas almas que robar...

Fue entonces, más o menos, cuando la vi. Lo primero que maldije fue su pelo rubio. Ella sabía mejor que nadie que la tentación vive arriba y que ellos las prefieren rubias. Lo sabía como yo también lo sabía porque ya, en el pasado, habíamos sabido ciertas cosas juntos.


Ella había sido duquesa de los infiernos por un tiempo para luego desaparecer. Me dejó allí sólo. Pudriéndome en mi propio olor a azufre. Ella había vuelto al mundo, era joven y quería emplear su juventud en disfrutarla más allá del reino de los condenados.
No se que habría ocurrido con ella durante mi ausencia. Pero el traje de presidiaria que lucía, mostraba que había pasado un tiempo cumpliendo algún tipo de condena. Supuse que al fin habría logrado escapar de su encierro.


Ella se alegró de verme aunque no entendió por qué me molestaba tanto el fulgor de su pelo.


Como la luna en noches de Halloween es tan caprichosa, no quiso evitar que nos separáramos tras aquel encuentro.


Yo, por mi parte, hice lo que había ido a hacer. Me mezclé con todas aquellas almas en pena y ahogué las mías con ron, vodka y tequila. Pronto noté mi propio poder.


Ése, el espectro de mirada desvaída, ropa desajustada y risa floja, el ser que era capaz de crear una llama en su mano concentrando el gas de un mechero. El mismísimo sobrino del ángel caído. El duque de los oscuros. Ése era yo.


Sin embargo estaba derrotado. Había comenzado la hora de cazar almas pero ninguna de las que me rodeaba me seducía realmente. Yo no lo sabía, pero inconscientemente había estado buscando durante toda la noche el alma de aquella chavala rubia antes duquesa de los infiernos, ahora vulgar ex reclusa.


Tomé la firme decisión de buscarla y el etanol me dijo: ¡Claro tío! ¿Por qué no?.


Hasta yo mismo desconozco los secretos del destino, pero el caso es que... ¡la encontre! Más tarde supe que ella deseaba que ocurriese. Hablamos. Nos besamos. Nos mordimos. La noche era demasiado oscura pero nos daba fuerza, nos amparaba del "mañana".
Mis frecuentes cambios de humor la volvieron loca pero conseguí que riera de lo lindo. Eso deshizo el hielo de mi espíritu mejor que todo el ron, el vodka y el tequila del mundo juntos.


Una vez llegó el consabido momento del adiós fingí no comprender, como si de ese modo no tuviera que suceder. Le dije:
-No quiero que acabe hoy, quiero que vuelvas conmigo al Averno, que volvamos a reir viendo arder a los desgraciados.
-Hoy no puede ser, mira que hora es,-dijo consultando su teléfono móvil-, mañana podremos vernos.
-Mañana no, -sentencié con voz grave de demonio.
-¿Por qué no?
-Tengo miedo. Mañana ya no será como hoy. Mañana ya habrás escapado de mí otra vez. Tengo miedo de que mañana yo ya no posea tu alma... Y no quiero otra alma más que la tuya.


Finalmente regresé a casa, aunque ya sin ánimo para correr. Sin ánimo y sin motivo. El cielo había dejado de ser negro y un molesto sol ponía de manifiesto mi mediocridad, en medio de una calle solitaria.


Eso fue un treinta de octubre. La noche en la que las brujas bailan desnudas y ebrias frente a la hoguera y luego, antes de que amanezca, se van a la cama.

4 opiniones:

"La ex reclusa" dijo...

Me ha encantado, le has sabido dar el toque de jalogüín siendo totalmente verídico. Solo un par de anotaciones: jalogüín es el 31, y de vulgar ex reclusa nada, guapo!, jaja.
See you later, bye!

Eric F. Luna dijo...

Ja, ja, ja, ese rapapolvos lo veía venir.

Un beso.

Francisco Javier Illán Vivas dijo...

Me gusta el relato, pero me encanta el título: jalogüín.

Eric F. Luna dijo...

Agradezco tu opinión, Paco y el título... mejor así ¿verdad?

Un saludo.