13 ene. 2009

Miedo y asco en el centro comercial (y 2)


Una mezcla de indignación y decepción nos embargó.

La mayoría de los establecimientos del centro comercial no ofrecían ningún tipo de rebaja. Como si no pasara nada. Como si nadie hubiera locutado por la radio una información sobre la estrategia de marketing que los comerciantes se habían sacado de la manga para despistar a la crisis. Como si las hojas de periódico no se hubieran visto manchadas por la tinta de redactores, columnistas y agencias que aseguraban, todos a coro, que las rebajas empezaban ¡el puñetero día 2 de enero!

Como si no supieran que esto no había hecho más que empezar. Que había filas interminables de vehículos que se aproximaban y se agolpaban entre sí para llegar los primeros a unas supuestas rebajas fantasma.

-Esto debería ser denunciable o algo, -recuerdo que medité en silencio-.

Lo peor es que era cierto. Estaba sucediendo. Lo iban a conseguir. Iban a conseguir que la gente no dejara de comprar, pese a no existir ningún tipo de descuento en las tiendas más deseables. ¿Quién en su sano juicio iba a invertir más media hora en recorrer tres kilómetros escasos, para luego llegar y no comprar nada?

Bien. Era necesario un reajuste. Nos habían jodido bien, pero no podíamos quedarnos parados sin hacer nada. Pronto llegaría una nueva remesa de compradores-zombies y moverse por las instalaciones comenzaría a resultar un extraño juego en el que sólo gana el que se abre camino a empujones, a patadas y puños.

-No importa que no haya rebajas, -me dijo mi pareja, intentando mantener la calma-, compremos lo que hemos venido a comprar y salgamos rápido de aquí.
-Bien.

En la cumbre de la lista se hallaban artículos de primera necesidad, lo segundo eran los regalos de reyes de última hora.

Accedímos al hipermercado. Estaba abarrotado de gente. De fondo, una música popular y ensordecedora era expulsada desde unos altavoces que no estaban a la altura de las circunstancias. El ambiente era casi hediondo. Sudor, perfumes y adrenalina se entremezclaban en una esencia inequívoca. El olor de un centro comercial en rebajas.

Accedímos directos a la parte derecha del hipermercado, lo cual, según los psicólogos, es un acto involuntario de nuestro inconsciente, que no es muy original.

Sin darnos cuenta, nos vimos envueltos en un bucle consumista. El gentío, la música elevada, la variedad policromática de los adornos navideños nos hacía ir de un lado para otro, acudiendo a la llamada de artículos que tal vez no buscáramos pero que, de repente, habíamos recordado necesitar.

-Mira, alfombrillas para el coche, necesito unas alfombrillas nuevas, así dejarás de decirme que tire ese pellejo de gato muerto que tengo por alfombrilla.
-Bueno, mira a ver, -me contestó mi acompañante medio hipnotizada-, yo voy a mirar la ropa de invierno que hay por aquí...
Mierda. Esto no está bien. Nos estamos dejando llevar, pero es que... realmente necesito esas alfombrillas. Joder.

El llanto de un niño no mayor de dos años comenzó a alzarse sobre el resto de estímulos sonoros provenientes de todas partes. Era un llanto desgarrador. Un llanto de rabieta pura. Sólo sé que ese llanto me ayudó a salir de mi ensimismamiento y que, aún con los ojos fijos en el frente aunque sin mirar nada, balbuceé:
-Dios, que alguien acabe con el sufrimiento de ese pobre animal...

No encontramos todo lo que necesitábamos, pero era suficiente. Tras las puertas automáticas vimos llegar nuevas hordas de compradores-zombie. Desde una perspectiva de conjunto, aquel espectáculo era dantesco. Vestían caros abrigos y chándales baratos, eran grandes, pequeños, hombres, mujeres, con bolsas, sin ellas... En realidad, no sé lo que me diferenciaba a mí de ellos. Quizás nada. Pero yo no estaba infectado. No podía estar infectado. Tal vez propagaran el virus a través del sistema de calefacción. Tal vez.

Nos entró hambre, lo cual sí era normal, debido al desgaste calórico provocado por la prueba de resistencia a la que estábamos siendo sometidos.
Pudímos alcanzar un quiosco donde servían cafés aguados, empanadillas y alguna que otra exquisitez de ese estilo. Junto a la barra había un único asiento libre. Se lo cedí a mi chica, pero rehusó: junto al asiento, uno de esos muertos vivientes, con un par de bolsas del Decathlon, babeaba sobre una tapa de ensaladilla.

-No pasa nada, -le advertí-, tú sólo haz como ellos.
Luego comencé a gemir poniendo los ojos en blanco.
-Oye, te sale muy bien, -dijo ella divertida-.

El gerente del kiosco era un treintañero estirado y con bigote, que debía estar ya hasta los mismísimos, ya que tras un buen rato detrás de la barra, no nos hizo ni puto caso.
Yo, para acojonar, le puse mi cara de bibliotecario malo. No sirvió.
Cuando él quiso y tras decidir que para su trabajo no era necesario ningún tipo de entusiasmo, nos soltó en un alarde verborréico:

-¿Sí?

Sólo que no fue un "¿sí?", sino uno de esos "sís" que casi parecen estar diciendo "¿séeee?", abriendo mucho la mándibula, como si pesara diez kilos.
-Un cruasán para ella y una porción de esta pizza para mí, -dije dándole martillazos con la mirada-.

El cruasán llegó pero la pizza se quedó como cinco minutos dando vueltas en el microondas.
Y como es normal, mi impaciencia y mi indignación provocaron que mi lengua sufriese los daños. Mierda, mierda y más mierda. Me imaginé aplicándole toda clase de torturas chinas al camarero. Me vi lanzándole la porción de pizza ardiente a la cara. O metiendo su cabeza en el microondas... ¡qué se yo!

Pero luego me relajé. Me dije, Eric, tranquilízate chaval, no hay prisa, hemos terminado de comprar, pronto volverémos a casa, sólo hemos de terminar de comernos esto y volverémos a casa...

No fue así. Entre bocado y bocado al cruasán, mi chica que se había mantenido pensativa, alzó los ojos del plato y masculló:
-Oye, ¿podemos dar ahora una vuelta por aquí, tranquilamente?...
¡¿Qué?! ¿Había escuchado bien? Intenté disuadirla o ver cuáles eran realmente sus intenciones:
-Pero a sitios sin rebaja no pensarás entrar... ¿verdad?

Mi chica asintió tímidamente con una mirada y dejó paso a los pucheros y los labios fruncidos en señal de "por favooor". Mierda. Soy humano, no puedo resistirme ante eso.

-...Vale, -la palabra salío, en forma de vocecilla, desde lo más hondo de mi garganta.

Así que un experimento sociológico ¿no?.
No eres humano, me dije, eres imbécil.


Aquí, otros relatos de la serie "Miedo y asco...":
- Miedo y asco en el Foster's Hollywood 1.
- Miedo y asco en el Foster's Hollywood 2.

12 opiniones:

Stultifer dijo...

¿Qué te has comprado tú en rebajas?

Eric F. Luna dijo...

Nada. Aun no he ido a las autenticas y como de aquellas sali tan mal parado...

Cristina dijo...

Pringao :p Si es que sois nada contra el chantaje emocional XDDDD (normal que después de reyes estuvieras de tan mal humor :p )

bluesswing dijo...

Eric has logrado que me agobie y todo aunque estoy sentada tranquilamente en el sofá...bueno, esto es la globalización...todos hacemos lo mismo. Voto por lo auténtico...

Eric F. Luna dijo...

Cristina:
¿Entiendes ahora lo del mal humor? jaja.

Bluesswing:
Bueno, no era mi intencion agobiarte, pero es la realidad. Todos somos debiles y la debilidad tiene estas cosas.

Vicky dijo...

Si es un agobio!!! y parecemos ganado, ovejas para aqui y cerdos para alla... todos con la misma misión comprar por comprar, el puro consumismo, pues yo me he quedado con su mismo par de botas, con su mismo abrigo del año pasado, con su mismo pote de colonia que le queda el culo de la botella... puro CON SU MISMO... del año pasado.

Suerte que no tienes peques y no has de mirar los pasillos de juguetes y decidir que compras este año para Reyes, cada año es peor... Y los padres que van a mirar los juguetes con sus hijos, no lo entiendo???

No soporto que nos engañen, y me considero una ENGAÑABOBOS, siempre caigo con esos rótulos de rebajas: UNO A 3 EUROS DOS A 7 EUROS... que burra soy!!!

[..La chica triste que te hacía reír..] dijo...

Oh dios. Yo también odio las rebajas hasta morir, pero no se sabe como, de pronto un día sin querer tus pies empiezan a andar y pasito a pasito sin darte cuenta te meten entre cientos y cientos de personas y cientos y cientos de camisetas, pantalones, cánones, debilidades... Y ya has caído. Y a ver quién puede salir de allí sin comprar nada.
Todo esto, según diría un muy buen amigo mío, es culpa de la sociedad patriarcal.
Já.

Eric, disfruta de las rebajas, querido.

hm dijo...

¿Cara de bibliotecario malo?... jajaja, me ha hecho mucha gracia.

Silvia dijo...

Hola, a mi me pasó lo mismo, dije para mis adentros: "entra coge lo que necesitas y sal" pero al final nos dejamos llevar por la masa, y es lo que tiene el marketing... tanto 60%, 70% en los carteles... no se puede evitar...

Decir que yo sólo me compré un sujetador, mi hermano si que se llevo medio centro comercial Que consumista... Me he reído mucho con tu descripción, os imaginaba perfectamente :)

Javier Illán dijo...

Eric te he dicho cienes de veces para un chico de provincias no es reglamentario visitar Thader. El trafico ya nos hace de pensar a los que lo sufrimos de diario... ja ja ja

Algun día te invitaré al KFC y 'escribiremos' un capitulo mas dela serie miedo y asco.


Paz men.

Eric F. Luna dijo...

Vicky:
Es lo que tiene, así, en masa, somos bastante manipulables. Y más cuando las condiciones que nos rodean nos empujan a comprar sin mesura.

Patri:
¿De la sociedad patriarcal? ¿Quien dijo eso? jaja.
Quien sabe, igual tiene razón.

Hm:
Si la vieras igual ya no te hacía tanta gracia, jaja.

Silvia:
Gracias por la crítica. Eso que comentas me ha recordado la primera vez que entré a Ikea pensando en comprar un artículo y salir en cinco minutos... más tarde vi las flechas que indicaban el camino a recorrer...

Javi:
Sí. Cienes y cienes de veces, pero soy así de cabezota.
Por cierto, por mí encantado que busques inspiración para un nuevo "Miedo y asco", pero... ¿adonde dices que me vas a llevar?

Un saludo a todo/as

Eric F. Luna dijo...

Vicky:
Es lo que tiene, así, en masa, somos bastante manipulables. Y más cuando las condiciones que nos rodean nos empujan a comprar sin mesura.

Patri:
¿De la sociedad patriarcal? ¿Quien dijo eso? jaja.
Quien sabe, igual tiene razón.

Hm:
Si la vieras igual ya no te hacía tanta gracia, jaja.

Silvia:
Gracias por la crítica. Eso que comentas me ha recordado la primera vez que entré a Ikea pensando en comprar un artículo y salir en cinco minutos... más tarde vi las flechas que indicaban el camino a recorrer...

Javi:
Sí. Cienes y cienes de veces, pero soy así de cabezota.
Por cierto, por mí encantado que busques inspiración para un nuevo "Miedo y asco", pero... ¿adonde dices que me vas a llevar?

Un saludo a todo/as