26 feb. 2009

Cadenas


¿Qué otra cosa son las cadenas sino una prolongación del acero, cuya extensión vendría determinada por el número de eslabones que posea?

Infinitas piezas, aparentemente inconexas pero unidas entre sí por el vacío que existe en su interior.


Cadenas.

Esa palabra es polivalente. Desde las cadenas de los coches, hasta las cadenas de oro, pasando por el uso de la cadena dentro de la iconografía religiosa; parece que las cadenas pretenden simbolizar dos cosas: aprisionamiento (o recogimiento) de lo que hay en torno a la cadena y continuidad.


A mí, las cadenas que me preocupan hoy están forjadas en otro material, casi imperceptible, pero igualmente duro y resistente: Las cadenas en torno a nuestras relaciones sociales.

Os hablaré del caso de un joven, hijo de un ex concejal socialista natural de Lazcano (Euskadi). Un joven, que hará unos días protagonizó uno de los momentos más tensos (a mi parecer) de los vividos entre víctimas y radicales de izquierda en aquel lugar.

Supongo que todos o casi todos conoceréis, a estas alturas, lo ocurrido cuando la vivienda de este tipo se vio afectada por el efecto de una bomba colocada a escasa distancia de su casa, en la casa del pueblo del PSE, concretamente.



Tan sólo otra cadena más que se perpetúa, como si un alquimista desalmado hubiera dado con la fórmula para convertir el metal en odio.

Una cadena bastante larga, quizás mucho más larga de lo que este joven haya llegado a imaginar. Una cadena que quizá se remonte a las persecuciones sufridas por los antecesores de estos radicales en tiempos del franquismo.

O quizá debiéramos remontarnos mucho más atrás…


El resultado, sin embargo, es desalentador.

El tipo se despachó a gusto con las cristaleras del bar abertzale, pero de esta forma sólo consiguió aportar un eslabón más a la cadena. La violencia engendra violencia, ésta es una máxima de lo más cierta.

La respuesta de los radicales, como no podía ser de otra manera fue la amenaza a muerte, porque todo aquel que dice, hace o piensa de manera contraria a los violentos en Euskadi es un fascista y no merece vivir.


No voy a entrar en juicios morales sobre quién tiene derecho a dar pataletas y quién no, sobre quién termina explotando junto a una bomba y quién debería de hacerlo.

No hablaré de justicia. No soy Dios, ni juez. Sólo un mero observador.

Mi reacción ante su indignación fue similar a la que pueda tener cualquiera de nosotros: yo habría hecho lo mismo.


Estamos rodeados de cadenas y éstas se expanden eternamente. Se expanden, sobre todo, cuando en situaciones difíciles hacemos lo mismo que habrían hecho otros… que suele ser dejarnos llevar por pensamientos viscerales.

¿Cuándo se romperán todas aquellas cadenas forjadas por el odio?


Nota: El principal motivo por el que me he sentado a escribir este post es que una persona muy cercana a mí ingresó ayer en un hospital de urgencia. Aquejado de un gran malestar, estuvo dando tumbos por el centro sanitario hasta que ya, rozando la madrugada le dieron el alta.

Esta persona me ha comentado cómo sufrió un trato de lo más desagradable y vejatorio por parte del médico que tenía asignado. Probablemente el doctor tendría sus motivos para estar de tan mal humor. Probablemente.

Este post es lo que ha evitado que coja el coche para salir en busca de ese médico y hacer de mi venganza otro eslabón más de esa cadena.

Por otro lado, le tengo mucha estima a mi parachoques nuevo.


25 feb. 2009

Mi sitio (tragicomedia existencial)

De pequeño siempre tuve una percepción muy amplia de lo que solía llamar "mi sitio", creo que mis padres aún recordarán aquello.
No sé porqué motivo tendía a identificar el país donde vivía con el territorio donde me correspondía vivir.
Es decir, al igual que muchos niños ante un mapa de España tienden a señalar un punto concreto con el dedo mientras exclaman "aquí es donde vivo yo", yo solía hacer lo propio frente a un mapa mundi. Señalar esa península que siempre me ha recordado a la cabeza de Wilma Picapiedra y exclamar: "Aquí es donde vivo yo".

Unos años después comprendí que no era así. El territorio patrio albergaba demasiadas diferencias en su interior como para considerarlo algo propio. Diferencias culturales, lingüísticas, sociales... pero diferencias importantes al fin y al cabo.

Más adelante adopté mi patria chica (mi localidad natal) como lugar que podría considerar como propio, como emblema identificativo de lo que soy y de lo que represento. Durante años fue así, me sentí orgulloso con el lugar que ocupaba en el mundo, pero los años me fueron mostrando facetas desconocidas hasta entonces, que me fueron desencantando de ese concepto "reconstruído" que yo tenía acerca de cuál era "mi sitio".
La guinda la puso, ya en su momento, la aceptación de un plan urbanístico que consentía la construcción del doble de viviendas de lujo que habitantes tiene la localidad. Los verdes dejaron dicho que el cese de las obras es lo único bueno que ha traído esta crisis.

Pasan unos años y "tu sitio" es cierta gente, cierto ambiente, cierta forma de vestir.
Poco tiempo después "tu sitio" se ve reducido a tu coche, es más, apenas sales de él, haces vida en él: comes en él, bebes en él, duermes en él... y eso otro también, en él.

Adquirir una vivienda (desafortunada decisión) también cambió mi apreciación sobre qué era "mi sitio". Aunque, seamos francos, ya desilusionado con las fantasías infantiles, nunca llegué a convencerme de que ese espacio fuera realmente mío. Que va hombre, sabía perfectamente que ese "sitio" era del banco, que me lo prestaba durante cuarenta años a un precio muy alto y cuando ya no lo quisiera (por estar viejo y deslucido) me lo regalaba. (Nota: La semana pasada fuí a ver a un colega a su piso nuevo. Había dado un fuerte golpe en la pared para clavar en ella un elemento decorativo y como consecuencia de ello se habían caído tres losas del techo).

Y así fue complicándose el asunto. Mi habitación en casa de mis padres tampoco podía ser "mi sitio", me planteaba. También está hipotecada.

Sólo quedaba una solución:
Internet.

Todo el mundo lo sabe. Pregúntale a cualquiera dónde hallaría la respuesta a la pregunta más compleja que se le presente. ¿Cuantas veces habré oído aquello de ¿por qué no lo miras en internet?? Todo está en internet. ¿Por qué yo no?

Ojo. Digamos que tú llegaste a la misma conclusión que yo y, digamos que dentro del amplio abanico de "hospedaje" elegiste lo que mejor se adapta a tus necesidades (un blog adosado, un photolog con vistas...).
Pues yo te confesaré algo: Cada vez que paso por este barrio, veo un par de puertas cerradas. Las típicas puertas de las que desconfías, de las que no tienes claro si debieras abrirlas, porque no tienes claro qué hay más allá.
Pongamos por ejemplo que en una de esas puertas hay un cartel que pone Facebook, es una de las puertas de moda. La gente que hay tras Facebook es gente que ya no sale de casa sin algún artilugio que haga fotos. En Facebook hay vidas reales on line. ¿Qué pasa si de repente Facebook decide cerrar la puerta y decir que todo lo que hay dentro es suyo?... Desde luego, lo que no puedo evitar es que me hagan reír noticias como ésta.

Alguno pensará que es similar a lo que pueda hacer cualquiera desde un blog, pero para mí no es lo mismo. Me gusta porque aquí no soy quien soy. Soy quien me gustaría ser.

Tal vez este no sea "mi sitio", pero al menos es como mi casa de veraneo.

18 feb. 2009

Frases... de libro (13)

"El miedo es la mercancía más valiosa del universo (...) Encended la televisión, ¿Qué veis? ¿Gente vendiendo productos? No: Gente vendiendo el miedo que teneis de vivir sin sus productos"

De Guerra Mundial Z (Max Brooks)

17 feb. 2009

El lugar donde desayuno es un bar de viejos



Llevaba tiempo queriendo escribir acerca de este sitio:

Llega el lunes y con él, el trabajo. Creo que le tengo algo de manía a los lunes por eso. Los lunes son los días en los que me suelo plantear cómo sería el mundo si no existiera el trabajo. Una ilusión infantil, lo sé. Pero luego veo a personas como Belén Esteban viviendo del cuento y vuelvo a creer en los sueños...

La única salvaguardia del lunes por la mañana la puedes encontrar en la hora del almuerzo. Al menos es mi caso.
Mi periódico, mi café, mi pitillo, mi rutina... La libertad, vamos.

El caso es que (de momento) trabajo de mañanas en un pueblecito de mar.
Cuando empecé a trabajar allí solía pegarme auténticas caminatas de la biblioteca a la cafetería que yo creía más cercana. Lo genial de aquello era pasar cada mañana junto al puerto, respirando el perfume del agua salada.

Una mañana, una compañera de trabajo descubrió un bar justo detrás de la biblioteca, tras un callejón. Una tasca frecuentada por la típica fauna mañanera, sin sorpresas: Jubilados amantes del coñac, obreros entrando en calor para la faena a base de taponazos de orujo, una vendedora de cupones con voz de soprano-verdulera y algún que otro guiri.

A mí no es que me disgusten estos sitios. Todo lo contrario, a uno se le recargan las gónadas de hombría cuando pasas allí unos cuantos ratos. Lo que ocurre es que yo hago algo que pone muy nerviosos a todos los parroquianos, camareros incluidos: No leo la prensa deportiva.

(Me gustaría aprovechar para hacer un llamamiento. Si hay entre los presentes algún varón al que le importe un cuerno quien saca un balón desde medio campo, quien chuta y quien detiene, por favor, que dé un paso al frente. Si unimos nuestras fuerzas tal vez la raza aún tenga remedio.)

En fin, el sitio no estaba mal... y cuando vine a darme cuenta ya no iba más lejos a desayunar. El entorno es amigable y cálido, cosa que se agradece en estas mañanas frías. Por otro lado, comparado con la quietud de la biblioteca, allí hay ambientazo a la hora de almorzar.
No sé, levanta el espíritu.

De modo, que el otro día, ya decidido a escribir sobre dicho lugar, me dediqué a contemplar el entorno que me rodeaba y a anotar mentalmente:
-Las botellas depositadas en la vitrina están casi vacías todas (no sé si eso querrá decir algo o no)
-Hay un toro de Osborne pegado en el centro de un espejo, signo inequívoco del sentirse español. No creo que signifique mucho más, bueno, quizás bravía, poderío, el toro luce orgulloso, con su par de...
-El camarero es prototípico: Calvo, ancho de hombros y de cintura, con cara de malos amigos pero afable en el trato, camisa de cuadros que siempre recuerda a la de ayer... Su mujer es aquella rubia, del fondo, que permanece siempre inclinada cortando algún tipo de ingrediente para confeccionar alguna de sus innumerables especialidades de tortillas.
-Juraría que hay un anglosajón de nariz sonrojada que se parece cantidad a Bukowski.
-De las conversaciones de los parroquianos pueden sacarse un par de conclusiones:

  • Cuando hace aire, en las zonas costeras, los vientos pueden alcanzar velocidades de 4.000 kilómetros/hora.
  • No tienen demasiado claro qué o quien es el G-20. Pero ellos saben perfectamente cómo solucionar esta crisis.
  • Si un policia joven no hace bien su trabajo habría primero que denunciarlo, luego que llamar al Caiga quien caiga y que todo el mundo lo viera y luego una serie de atrocidades que he censurado especialmente para este blog (piiii)...
En realidad, si visualizo parte por parte este conglomerado de experiencias no llego realmente a verle el encanto. Pero con una perspectiva de conjunto... Sí, es algo como... bueno, lo importante es que durante ese rato no estás currando.

14 feb. 2009

14-F


Hoy es San Valentín, dicen que San Ballantines para las almas solitarias.
Un día como otro, un sábado como el anterior.

Sólo un consejo:
No pierdan el tiempo leyendo blogs, dejen las rosas plastificadas y las cajas de bombones sobre la mesilla y pasen la tarde haciendo el amor.
Y punto.

13 feb. 2009

Manifiesto bibliotecario


Os aviso, hoy (y sin que sirva de precedente) cambio de tercio para ponerme en plan protesta por algo que creo que lo merece.
Menos mal que existen los blogs, si no no sé de qué otra forma podría hacer lo que me dispongo a hacer a continuación:

Hola, mi nombre es Eric F. Luna y tengo 24 años. Trabajo de bibliotecario a sueldo desde que terminé mi Diplomatura en Biblioteconomía y Documentación hará tres años (a excepción de todo un año en el que estuve dedicándome a la redacción, el diseño y el sostenimiento económico de una revista cultural local).

Mi trabajo consiste en "solucionar entuertos", por decirlo de algún modo. Trabajo para más de una empresa dedicada a ofrecer servicios bibliotecarios a bibliotecas públicas y otras entidades afines.
Estos servicios van desde la catalogación íntegra de sus fondos, hasta a servicios de préstamo, consultas por parte de los usuarios, etc...

Si estos servicios gozan de tanta demanda por parte de instituciones tan estáticas como son las bibliotecas públicas es por una causa muy concreta que bajo mi punto de vista es clave.
Copando gran parte de las plazas de funcionario de bibliotecas (que quede claro que hablo de la zona que yo conozco o en la que yo trabajo) hay dos tipos de profesionales:

-El/la bibliotecari@ titulado que lleva más de diez años con el culo sentado en la misma silla.
-El bibliotecario no titulado, que ocupa un puesto de bibliotecario porque ha estudiado una de esas carreras con menor demanda (llámese Historia, llámese Filología...), porque le gusta leer o porque es hermano, primo o cuñado de un concejal.

Quiero insistir en que me estoy refiriendo a un área concreta, muy marcada por tener una tendencia al enchufismo y al "ponte tú que te conocen de toda la vida".

Las dos especies de bibliotecario descritas arriba suponen un verdadero peligro ya que tienden a desestabilizar el sistema clásico de catalogación/consultas/prestamos de cualquier biblioteca.
Suele ocurrir que mientras el primer tipo de profesional tiende al acomodo y a no actualizar sus conocimientos en torno a la catalogación con nuevos S.I.G.B. u otros softwares, el segundo puede llevar a una biblioteca a convertirse en un almacén inutil donde se almacenan libros. Más que nada por desconocimiento de las técnicas y por el poco interés que se muestra a la hora de adquirir alguna destreza.

La gente, por lo general, no puede llegar a imaginarse lo que puede ser la trastienda de una biblioteca mal gestionada y desorganizada.
Es evidente que no somos médicos, de nuestro trabajo no dependen vidas. Sin embargo, he sido testigo de auténticas incompetencias que prefiero callar por educación a sus responsables, pero que serían inadmisibles en las oficinas de cualquier empresa privada.

Otro asunto es el de ciertas empresas constituidas por oportunistas informáticos que, conocedores de la posibilidad de rescatar los registros de los libros (que pueden ser correctos y completos o no) mediante el uso de ciertos servicios y redes de catalogación en línea, han visto la oportunidad de obtener beneficios al ofertar dicho servicio a precios ridículos, que devalúan la labor del resto de profesionales y que nos dirige, irremediablemente, a un futuro en el que todos los bibliotecarios podrán ser sustituidos por simios con lectores de códigos de barras.

Algunos podréis pensar ¿por qué ocurre esto? ¿no teneis un colegio oficial como otros tantos profesionales a través del cual poder tratar estas cuestiones? Pues bien, en el área al que me remito no lo hay. Esto es territorio comanche y cada uno salva el culo como puede.

El otro dia una chica de unos catorce años que vino a preguntarme por un libro me preguntó sin rodeos: ¿Qué hay que hacer para trabajar en la biblioteca como tú?, a lo que yo respondí: Pues estudiar una carrera, claro. Después de pensárselo mucho y tras mostrar una mueca de algo cercano al asco, ella respondió:
Joer, hoy en día hay que estudiar para ser cualquier cosa.

Bien, pues ésta es la forma generalizada de pensar con respecto a este colectivo.
Yo tan sólo exijo respeto a los profesionales (que los dejen hacer en paz) y, por supuesto, un servicio de calidad por parte de éstos.

Si hay alguien ahí al que le preocupa obtener un correcto acceso a la información, bien por ser un investigador o un simple estudioso de de cualquier campo, un ávido lector de novelas de intriga o bien por tratarse de algún estudiante de biológicas, empresariales o mecánica con urgentes necesidades de información, esto va para tí, para que sepas porqué nadie es capaz de encontrar ese libro o ese artículo de revista que tanto te interesa.

Si algún día al gobierno le da por comprobar la eficiencia del funcionariado, le sugeriría que comenzara por este gremio... Mira que si Otlet levantara la cabeza...

12 feb. 2009

Frases... de libro (12)


"Así soy yo, maligno, borracho, pero lúcido."

De la introducción a "La leyenda del santo bebedor" (Joseph Roth)

10 feb. 2009

Grítame tu amor, susúrrame tu odio

Hay momentos en los que uno necesita encadenar a las palabras, hacer que cesen, para poder ver más allá de tus narices, para poder escuchar más allá de tu conciencia.

Esta semana ha sido uno de esos momentos.

Hace poco, un 4x4 y mi Renault Laguna (mi Bestia Blanca) tomaron la decisión de emprender el mismo camino y, como suele ocurrir en estos casos, coincidieron en el espacio y el tiempo, provocando el siguiente resultado:



Tranquilos, no hay daños personales que lamentar, sólo emocionales (y es que uno le tiene mucho cariño a su coche)…

A poco de suceder el impacto, fue cuando encontré la necesidad de callar, escuchar, ver, pensar.
Cualquiera que haya sufrido un incidente de estas características sabrá que lo propio, tras salir del estado de estupefacción, es bajar del vehículo y poner el grito en el cielo. Clamar a los cuatro vientos algo así como un ¡¡¡mecagoentolaput…!!!
Bueno, pues cumpliendo con el protocolo comenzamos gritándonos el uno al otro. Manifestándonos de todo menos amor.
Cuando me percaté de que eso no me arreglaría el coche, le bajé los humos a mis vísceras. Él también lo hizo. Luego el tipo resultó de lo más honrado, pero esa ya es otra historia.

El caso es que aquella noche, antes de partir a pata hasta mi casa, mi pareja se despidió de mí susurrando un “te quiero” desde su portal. Y eso me dio que pensar…

¿Por qué el odio se expresa a gritos, mientras que el amor se declara en voz baja?

Meditadlo.

Bueno la cosa es que, cuando me toca ir a pie a todas partes, me da por pensar en estupideces de este tipo. En por qué dicen que los hombres no podemos hacer dos cosas al mismo tiempo, en por qué los relojes de los anuncios siempre marcan las diez y diez… o las dos menos diez; en si hay algo que nos mueva y que no esté motivado por el miedo, el sexo o el dinero. En por qué el tiempo de un cartero, un carnicero, un veterinario, una camarera, un electricista, un peón de obra, una secretaria, un bibliotecario… se empeña, aproximadamente, por unos mil euros al mes.

Ayer, de visita por la bitácora de un buen colega, me sorprendió una suerte de homenaje a éste blog y dediqué algunos minutos a pensar en lo curiosas que son las relaciones entre viejos conocidos, en cómo un pequeño gesto fútil puede hacerte sonreír (aunque tu te empeñes en estar de morros)

Sigo pensando en transcribir al papel un par de historias que rondan mi cabeza y mi cabeza no se toma un respiro y está que echa humo.

Aún sigo pensando y eso es un problema. Pensar coarta mis palabras.

¡Socorro, haced que pare ya!

3 feb. 2009

Lo difícil de mirarse al espejo


Tengo una amiga a la que una vez presté un libro que jamás pudo acabar.
Lo tuvo en su poder como dos meses para, finalmente, devolvérmelo sin haber finalizado su lectura.
En realidad se trataba de un libro cortito, de relatos. Pero al mismo tiempo se trataba de un libro cuyo autor sacaba a relucir algunas de las peores miserias del ser humano.
Esa era la razón por la que no pudo terminar de leerlo.

En una de las historias del nipón, una titulada "El límite de la felicidad", se narra la historia de un hombre que, según los cánones de la sociedad no tiene porqué sentirse desdichado, pero que sin duda lo es (ya que como se extrae de su lectura, la felicidad no puede radicar simplemente en tener una vída cómoda, un buen sueldo, una bonita casa...).

A mitad de esa historia tiene lugar un truculento incidente, que a mí (y por lo visto también a esa amiga) me sobrecogió sobremanera.
Es algo así: El protagonista aguarda en la cola del banco junto a varias personas más. Hay un niño que no para de berrear, de hecho, el lamento del niño es el único sonido que los clientes tienen que soportar estoicamente en un estado de semi irritación. De pronto, la madre del niño se hace con uno de los ceniceros metálicos que hay situados en cada lateral de la entidad y, ante el mutismo generalizado de la multitud, comienza a golpear a su hijo hasta que éste acaba tendido en el suelo sangrando...
...

Sé que ahora mismo estareis pensando que a qué viene esto. Seguro que estareis pensando que esto no es agradable y que no os apetecía leer nada parecido.

A mí tampoco me apetecía leer esta noticia hoy en la prensa.
Para los que no querais perder tiempo accediendo al enlace os la resumo:
A plena luz del día, en mitad de la estación de autobuses de Murcia, un hombre asesta patadas con violencia al cuerpo de la que un día fue su amada, la mujer que le aceleraba el pulso cuando aún eran novios, la persona a la que declaró amor eterno ante un dios de parroquia de barrio.
Mientras tanto, los vecinos pasan por su lado, observando la escena desde lejos, sin querer inmiscuirse, cerrando los ojos sin juntar los párpados (si es que tal cosa es posible).

Al contrario de la historia de Tsutsui, ésta no tiene un final amargo, sino agridulce. Un héroe anónimo (que es como se suele llamar a la gente que conserva un poquito la visión cuando el resto de personas ya no ven nada), un agente de policía fuera de servicio se percató de lo ocurrido e intercedió rápidamente. Persiguió al maltratador que pretendió darse a la fuga, hasta que, finalmente, otros agentes le impidieron la huída.
Y digo que el final de la historia es agridulce porque, en primer lugar, la víctima no reconoció la agresión. Más tarde, admitió haber sido agredida pero expresó su deseo de no denunciar al cabestro de su marido.

No sé. Yo entiendo que para erradicar casos de violencia como estos, lo mejor es penalizarlos no sólo ante un juzgado, sino también en la calle, por parte de todos nosotros, a través de miradas condenatorias, a través de nuestro entrometimiento, a través de oportunas y urgentes llamadas de teléfono que puedan salvar vidas... Entonces ¿Por qué la gente mira para otro lado? ¿Por qué evitan el dolor, la violencia, el sufrimiento...? ¿Porque no va con nosotros?

La reacción de la amiga a la que presté el libro no es de extrañar, sino más bien, algo propio de nuestra forma de ser. El dolor, la violencia, el sufrimiento no son agradables de ver, ni de leer, ni de escuchar, ni de padecer. Pero cuando la injusticia casi te salpica en la cara en forma de líquido rojo y espeso, se hace necesario mover ficha.

Lo que yo aún me pregunto, es cómo somos capaces todos (víctimas, verdugos, testigos...) de mirarnos al espejo cada mañana y empeñarnos en pensar que somos la forma de vida más inteligente en esta mierda de planeta.

Raro será que alguna mañana no me lie a pedradas con mi espejo.